La Llamada
El día amanecía con mucha luz, que penetraba por lo ventanales de manera intensa, iluminando la sala de vivos colores. Solo estaban despiertos los animales, que estaban disfrutando de la tranquilidad de la casa, y sus espacios, con sus juegos y aficiones, sin ser alterados por los seres humanos, viviendo en perfecto equilibrio. Pero, como de lo bueno poco, esa paz fue rápidamente eclipsada por los gritos de la niña: " Mamá! ¡ Tengo hambre! ¡ Tengo hambre !". Su madre tratando de hacerse la sorda, ganó un poco más de " tiempo de sueño ", hasta que se hizo imposible, levantó a su esposo y se dirigieron a la cocina a ver qué se podía hacer, siempre tomando en cuenta el riesgo de lo que se iban a encontrar en la nevera ante los ataques de su hijo adolescente.
Hicieron el desayuno con lo que había, huevos y queso, o sea, omellete. Todos comieron. El día había empezado con fuerza, los niños hacían sus actividades de ocio de manera ruidosa. El padre decidió completar su trabajo pendiente en la computadora, y lo que más le sorprendió, es que comenzó a salir de manera fluida. La madre seguía con los quehaceres, los animales deambulaban por acá y por allá, se sentía el vigor del día. Hasta que sonó el teléfono, la madre toma el auricular y escucha.
—El todo, yo nada.
—Hola abuela—responde la madre.
—Hola tú. ¿Cómo está el muchacho?
—Está bien abuela, tú ¿Cómo has estado? ¿Has comido?
—Nada, ni así,
—Pero, ¿qué dices abuela?
—Por que nada tengo, el todo, yo nada.
—¿Quién es él?—preguntó la madre.
—No ése, el otro—dijo molesta.
—¿Quién es el otro, mi papá?
—No, ése es él—comentó de manera enfática la abuela.
—Entonces abuela, ¿ en qué quedamos?
—El todo, yo nada—dijo con rabia.
—Bueno abuela, ¿con quién estás?
—Con la amiga.
—¿Te ha llevado a pasear?
—Sí.
—¿ A dónde?
—Al sitio ése.
—¿Qué te pareció?
—Feo, feo— dijo la abuela con alteración.
—Bueno abuela, te voy dejando—dijo la madre.
—¡No! ¡No! Te dejo yo—dijo la abuela
El tiempo comenzó a tornarse gris, con visos de lluvia, la sala se mostró oscura, los colores habían desparecido. Los niños habían dejado de jugar y habían estado en silencio. El padre perdió el chispazo inicial y se estaba apagando, se le paralizaron las ideas y los animales se encontraban nerviosos, intranquilos, como si una sombra se hubiera aparecido de repente.
—Querida, ¿qué te dijo la abuela?—preguntó el padre.
—Nada, siempre lo mismo, nos toca soportar el chaparrón—dijo la madre.
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